Capítulo tercero (Parte XII)
>> lunes 1 de noviembre de 2010
En algún lugar de Iraq, 1991
La oscuridad lo cubría todo, aunque no eran más de las doce del mediodía. La noche parecía haberse adelantado en un vano intento por terminar la masacre que desde hacía días tenía lugar en aquella pequeña ciudad vuelta infierno. Densas nubes de humo negro cubrían el cielo, impidiendo que el sol se abriera paso entre ellas y alcanzara el suelo. De vez en cuando, un repentino fogonazo iluminaba alguna parte de la ciudad y un gran estruendo hacía estallar los cristales de los edificios colindantes. Otras veces eran gritos los que rompían el silencio, durante un par de segundos, antes de ser acallados por las balas.
La atmósfera era asfixiante, olía a muerte y a polvora y a sangre. Christopher tosió y palpó en su costado, buscando su cantimplora instintivamente, hasta que recordó que la había dejado atrás, junto al resto de sus cosas, al huír de la última explosión. Una estupidez por su parte, ya que el agua en aquel lugar era tan importante como escasa. El calor del desierto se había incrementado a causa de los inumerables fuegos que cubrían la zona y tanto él como su amaroq se estaban deshidratando rápidamente. Los 48ºC a los que se encontraban eran una tortura para cualquiera pero, estando acostumbrados a temperaturas bajo cero, especialmente para ellos.
El chico reaccionó al sentir un pequeño golpe en el costado, y momentáneamente apartó la vista de la mira de su M4A1 para fijarla en su compañero. El animal hizo amago de levantarse pero el joven le detuvo con un gesto de su mano.
- Espera... -susurró en un tono tan bajo que para el oído humano no habría sido más que un siseo.
El lobo volvió a agazaparse hasta que su vientre tocó el suelo, pero mantuvo las patas traseras en tensión, preparado para saltar en el momento que recibiera la orden.
Christopher aprovechó para mirar a su alrededor en busca de agua: alguna cantimplora perdida, una botella, una lata de refresco, cerveza... cualquier cosa que pudiera aportarles algo de líquido, pero desde donde se encontraba no podía ver más que escombros, cadáveres y vehículos destrozados.
Miró el reloj y suspiró al comprobar que aún quedaban varias horas para que anocheciera; la actividad siempre disminuía por la noche, incluso los terroristas necesitaban dormir... Esa era la razón por la que había insistido en llevar a cabo la operación más tarde, pero como era habitual, su superior no le había hecho caso; él llevaba sólo unos días allí pero el resto del equipo había llegado hacía semanas y querían acabar con aquello de una vez por todas- y al fin y al cabo, ¿quién iba a seguir los consejos de un chico de apenas veinte años, por muy "especial" que fuera?-.
La misión era sencilla: localizar, informar y neutralizar al enemigo. Sin embargo, nadie hasta aquel momento había podido cumplirla con éxito, y por eso estaba allí él: necesitaban sus "cualidades extra". Christopher sabía que la misión era prácticamente suicida, o lo sería para cualquier humano normal. Sin embargo, ese no era su caso. Aún así no podía permitirse bajar la guardia; a pesar de todo, seguía siendo mortal, y debía velar tanto por su seguridad como por la de su amaroq.
El muchacho volvió la vista al frente y se ayudó de la mira telescópica de su carabina para intentar localizar algo útil entre las ruinas. Su visión sin el arma era, ya de por sí, dos veces mejor que la de cualquier otro humano, especialmente en la oscuridad; con ella podía captar el más leve movimiento a una distancia que sería impensable para cualquier otra persona. En lugares como aquel, donde los insectos abundaban, aquella ventaja se convertía a menudo en incordio- el simple movimiento de un escarabajo a diez metros podía distraerle- pero la mayor parte del tiempo resultaba muy útil.
- Te encontré... -murmuró, sonriendo para sí cuando una botella de plástico, parcialmente sepultada bajo arena y piedras, se cruzó en su campo de visión. Aún conservaba un tercio de su contenido. No era mucho, desde luego no lo suficiente, pero era mejor que nada y valía la pena arriesgarse para conseguirla, puesto que no sabía cuándo volvería a encontrar algo para beber.
Apartó la mano izquierda del arma el tiempo justo para limpiarse un reguero de sangre que avanzaba hacia uno de sus ojos y justo entonces advirtió movimiento entre unos escombros situados unos metros por delante. El amaroq se movió un poco, emitiendo un leve gruñido que indicaba que también lo había visto, pero permaneció en su posición. Casi a la vez, el walkie del chico emitió su característico zumbido y una voz rompió el silencio.
Christopher se sobresaltó y apagó el aparato inmediatamente para evitar revelar su posición al enemigo, y con la misma velocidad volvió a sujetar el arma e intentar localizar el origen del movimiento a través de la mira. Movió el arma manteniéndose a cubierto tras la improvisada trinchera de vigas de metal en la que se encontraban y entonces dio con él.
Se trataba de un hombre de unos cuarenta años de edad y vestía el uniforme de combate del ejército estadounidense- o lo que le quedaba de él- lo cual relajó al muchacho; seguramente era uno de los suyos. No obstante, su instinto le previno en su contra e ignoró el impulso de llamar su atención, limitándose a observarle en silencio. El hombre llevaba los pantalones rotos a la altura de las rodillas y éstas llenas de sangre. Su camisola estaba hecha un guiñapo y sólo quedaba visible uno de los distintivos de las mangas. Pero lo más destacado era que no llevaba calzado y a pesar de eso caminaba como si no sintiera el dolor de los escombros que se clavaban en sus pies.
El joven le examinó de arriba a abajo y confirmó que no iba armado, aún así permaneció escondido y le mantuvo en su punto de mira.
El soldado caminaba entre los cristales rotos, pasaba por encima de hierros y muros derruídos como quien camina sobre el cesped. Podía oírle gemir y quejarse por el dolor pero no parecía intentar buscar un camino con menos obstáculos. En un momento dado se agazapó y pareció olisquear el suelo, luego irguió la espalda sin levantarse y olfateó el aire
- ¿Qué demonios...?- Christopher tuvo que dejar la frase a medias porque en cuanto pronunció la segunda palabra, el hombre miró en su dirección.
"No es posible que me oiga desde esa distancia" pensó mientras se escondía. "Y tampoco que me vea..."
Y sin embargo, el hombre caminaba directamente hacia ellos.
"Maldita sea..."
Se mantuvo en su posición hasta que el hombre estuvo a unos cinco metros y el encuentro pareció inminente. Entonces Christopher se levantó lo justo para descubrir su presencia al otro soldado y le apuntó con el arma.
- Quieto, no se mueva señor.
La reacción del desconocido fue la última que Christopher podía esperarse. El hombre flexionó las rodillas levemente, sin romper el contacto visual, y mostró los dientes mientras gruñía de forma totalmente animal. Christopher le observó perplejo, sin saber cómo responder a aquello, pero entonces su amaroq se asomó para observar al extraño y éste, al verlo, se lanzó corriendo contra el lobo con un rugido.
Todo pasó tan rápido que el muchacho no pudo hacer nada. En un momento el desconocido saltó sobre el amaroq y mordió su cuello. El animal, al no esperarse el ataque, tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando sintió los dientes cerrándose sobre su piel se revolvió y clavó los suyos en la pierna del hombre. Él gimió de dolor e intentó apartarse pero el lobo actuó por instinto y le sacudió con tanta fuerza que el hombre golpeó el suelo repetidamente como si se tratara de un muñeco de plástico, y no paró hasta que dejó de moverse.
- ¿Qué... pero qué...?- murmuró Christopher medio en shock, con la respiración acelerada, mientras contemplaba el cuerpo sin vida del hombre, totalmente destrozado por los golpes. Luego pasó la mirada al amaroq, quien se la devolvió con un gemido mientras se lamía el hocico lleno de sangre.
Nueva York, en la actualidad
Christopher se despertó sobresaltado al oír un golpe sordo cerca de él. Abrió los ojos y miró a su alrededor desorientado hasta que recordó que seguía en un almacen abandonado en un barrio de la ciudad de Nueva York.
- ¿Una pesadilla?
El hombre siguió la voz y se encontró con Calliope y lo que le había despertado: la maleta que la mujer había dejado caer al suelo. Se estiró con un gruñido de fastidio mientras volvía a apoyar la cabeza contra la pared.
- Peor... un recuerdo- murmuró para sí mientras cerraba los ojos de nuevo.
Toda aquella mierda estaba abriendo viejas heridas que ya creía sanadas. Fantasmas del pasado que no quería que le alcanzaran en el presente...
... a ninguno de los dos.























