Capítulo tercero (Parte X)
>> lunes 2 de noviembre de 2009
Volver a separarse de su amaroq y de Christopher era lo último que Calliope quería en esos momentos.
Había sido un día largo, terriblemente largo. Y lo malo era que aún no había acabado, por lo que todavía podía empeorar más.
Mientras caminaba de vuelta al ático, Calliope iba pensando en todo lo que había ocurrido en el transcurso de esas escasas horas. El encontronazo con el único licántropo que había visto desde hacía años (sin contar a Christopher), la posterior huída de la sede de las Naciones Unidas y el breve "incidente" con aquellas chicas... Y luego lo de Central Park.
Quería marcharse de Nueva York de una vez. Regresar a su hogar, a Alaska, a la seguridad de su casa y los bosques, con su familia.
Cuando Christopher le pidió que le acompañara a la Gran Manzana, ella aceptó de inmediato. La idea de un viaje a la gran ciudad, a solas con él, le había encantado. En el fondo, bajo sus mil corazas, residía una Calliope que había buscado lo mismo que muchas jóvenes de su edad: tener a alguien a su lado para quien lo fuera todo... y pasar unos días de vacaciones en la conocida Nueva York, disfrutando de todas las cosas que una ciudad como esa tenía que ofrecerle.
Sin embargo, ahora todo había cambiado y ya no le resultaba en absoluto divertido. Se le había prohibido cazar, habían puesto en peligro a su amaroq y, por si todo eso no hubiera sido suficiente, todavía quedaba lo peor: la maldita luna llena, de la que únicamente le separaba un día. Un solo día...
La Luna... Era un sentimiento de amor-odio el que profesaba a ese satélite. Podía quedarse horas observándola de noche, en la oscuridad de los bosques, cuando aún estaba en sus fases creciente o menguante. Ejercía un influjo completamente hipnotizador sobre ella. Incluso la añoraba cuando estaba aparentemente ausente. Sin embargo, esa misma Luna que la enamoraba tenía también la capacidad de sacar lo peor de su interior, de remover su sangre como si estuviera dentro de una olla hirviendo, de desparramar su adrenalina a borbotones por todo su cuerpo.
Durante las mañanas de los días cercanos a la luna llena todo resultaba algo más llevadero, pero conforme se acercaba la noche era como si todos los fluidos de su cuerpo entraran en estado de ebullición. Algo por dentro se revolvía y luchaba por salir fuera. De repente se sentía llena de energía, una energía que amenazaba con desbordarse si no era consumida. Y necesitaba quemarla de inmediato.
Eso era relativamente sencillo cuando se encontraba rodeada de hectáreas y hectáreas de bosque y montañas inhabitadas, disponibles para recorrer a su antojo. Era bastante fácil cuando contaba con ríos de abundante agua fría y fuertes corrientes en las que sumergirse y nadar alejada de cualquier rastro de civilización. De sus presas.
¿Pero cómo huir de la pesadilla en la ciudad que nunca duerme, donde saciar ese instinto predador, esas ansias de actividad, de caza, no requería más que salir a la calle a cualquier hora del día y acechar o limitarse a esperar a que la caza llegue?
De camino hacia el ático, Calliope miraba a la gente que andaba junto a ella y sólo podía pensar en una cosa. Tenía ganas de abrirse paso a empujones, sentía deseos de que alguien se enfrentara a ella, que cualquiera le diera una sola razón para liberar ese fuego que le abrasaba las entrañas. Cuando alguien pasó corriendo a su lado tuvo que reprimir las ganas de salir tras él y derribarle contra el suelo. Se obligó a pegar su cuerpo a una pared y cerrar los ojos durante unos instantes mientras se tranquilizaba y recuperaba el control.
- Esto es horrible...- murmuró.
Necesitaba a Christopher a su lado con urgencia. Sólo él lograba calmarla cuando su resistencia amenazaba con derrumbarse. En aquellos momentos, únicamente la sensación de sus robustos brazos aprisionando su cuerpo lograba relajarla. Sólo ese abrazo que se le asimilaba al de un gran oso pardo, el único rival natural que los licántropos podían encontrar en toda Norteamérica, era capaz de contenerla.
En las ocasiones en las que perdía el control, Christopher solía mantenerla contra su pecho, inmovilizándola por completo hasta que todo pasaba y volvía a ser ella misma, o por lo menos, la parte menos violenta de ella. La fuerza del hombre era mucho mayor y por más que luchara por desasirse de sus brazos le resultaba totalmente imposible, así que siempre solía acabar rindiéndose exhausta. Sólo así recuperaba la calma.
Pero ahora él no estaba cerca, así que iba a tener que apelar a su escasa fuerza de voluntad para mantener el control.
Se tomó unos segundos más, apoyada contra el muro de un edificio a medio camino entre el lugar donde se había quedado Christopher y el ático, y cuando se sintió con fuerzas para continuar, siguió caminando.
Había decidido callejear nuevamente para evitar las multitudes de la vía principal, y seguía una calle paralela a la de la 5ª Avenida. Cuando tuvo que retomarla de nuevo para cruzar hacia el edificio del ático, dirigió una rápida mirada hacia Central Park. En la entrada, la muchedumbre ya se había disipado y tampoco veía ni oía coches de policía cerca. Dudaba que hubieran cancelado la búsqueda pero por lo menos ésta parecía haberse trasladado lejos de donde residían, lo cual la tranquilizaba. Con suerte nadie habría visto salir de allí a los lobos.
Cuando llegó al edificio entró en el hall y se dirigió directamente hacia uno de los ascensores, ignorando por completo al vigilante que controlaba el acceso al recinto. Éste se encontraba sentado en una silla situada tras un mostrador sobre el que se extendían cuatro pantallas. A través de ellas y gracias a las cámaras, controlaba los pasillos del edificio, el ático y el parking subterráneo.
El hombre se encontraba leyendo el periódico cuando Calliope cruzó la puerta, pero levantó la mirada al verla entrar y no la apartó de ella. La mujer notó los ojos del vigilante fijos en su nuca, pero le ignoró para no darle pie a entablar ningún dialogo. ¿Habría visto algo? Esperaba que no pero si no decía nada no tendría forma de saberlo.
De reojo, pudo ver cómo el hombre se levantaba. Sabía que su mirada seguía fija en ella así que cuando las puertas del ascensor se abrieron, se precipitó hacia el interior y apretó el botón de su piso repetidamente mientras suplicaba en un susurro que la puerta se cerrara antes de que el hombre llegara hasta allí. Afortunadamente, las puertas se cerraron a tiempo y al poco Callie se encontró caminando por el pasillo de su piso.
Enseguida localizó la cámara que vigilaba esa zona. Decidió ignorarla para no levantar más sospechas en caso de que aquel hombre ya hubiera visto algo, y caminó con normalidad hasta la puerta del ático, esperando encontrársela hecha trizas... Sin embargo, no fue así.
La puerta parecía encontrarse en perfectas condiciones, y cuando introdujo la tarjeta en la cerradura automática y entró en el piso comprobó que por el otro lado el aspecto de la puerta sólo era un poco peor. Por la parte interior estaba llena de arañazos de las garras de los amaroq, tal y como había supuesto, pero exceptuando eso, la entrada tenía un aspecto aceptable. Ni la cerradura estaba rota, ni la puerta presentaba serios daños. No parecía que los animales hubieran salido por ahí.
Entró para comprobar el estado del resto de la casa, pero a parte de un par de sillas volcadas, todo se encontraba como lo habían dejado al salir. Se acercó a examinar los cristales de las ventanas pero éstos tampoco habían sufrido daño alguno.
No había ninguna otra manera de salir de aquel piso a parte de la puerta, y sin romperla, la única forma de cruzarla era abriéndola desde dentro o fuera con la tarjeta electrónica.
Era consciente de la extrema inteligencia de los amaroq, pero aún habiendo tenido la tarjeta en su poder, algo totalmente imposible ya que sólo había dos copias y las tenían Christopher y ella, estaba segura de que los animales no habrían sido capaces de usarla para abrir la cerradura.
Calliope llegó a dos conclusiones: o bien se habían dejado la puerta abierta, o bien alguien la había abierto desde fuera.
Lo primero, aunque poco probable, podría haber pasado si no fuera porque la puerta se abría hacia el interior y si hubiera estado abierta, los mismos amaroq la habrían cerrado accidentalmente al golpearla para intentar salir.
Por lo tanto, sólo quedaba una opción: alguien tenía que haber abierto la puerta y haberles dejado salir.
¿Pero quién y por qué?



















