Capítulo tercero (Parte X)

>> lunes 2 de noviembre de 2009

Volver a separarse de su amaroq y de Christopher era lo último que Calliope quería en esos momentos.
Había sido un día largo, terriblemente largo. Y lo malo era que aún no había acabado, por lo que todavía podía empeorar más.

Mientras caminaba de vuelta al ático, Calliope iba pensando en todo lo que había ocurrido en el transcurso de esas escasas horas. El encontronazo con el único licántropo que había visto desde hacía años (sin contar a Christopher), la posterior huída de la sede de las Naciones Unidas y el breve "incidente" con aquellas chicas... Y luego lo de Central Park.

Quería marcharse de Nueva York de una vez. Regresar a su hogar, a Alaska, a la seguridad de su casa y los bosques, con su familia.
Cuando Christopher le pidió que le acompañara a la Gran Manzana, ella aceptó de inmediato. La idea de un viaje a la gran ciudad, a solas con él, le había encantado. En el fondo, bajo sus mil corazas, residía una Calliope que había buscado lo mismo que muchas jóvenes de su edad: tener a alguien a su lado para quien lo fuera todo... y pasar unos días de vacaciones en la conocida Nueva York, disfrutando de todas las cosas que una ciudad como esa tenía que ofrecerle.

Sin embargo, ahora todo había cambiado y ya no le resultaba en absoluto divertido. Se le había prohibido cazar, habían puesto en peligro a su amaroq y, por si todo eso no hubiera sido suficiente, todavía quedaba lo peor: la maldita luna llena, de la que únicamente le separaba un día. Un solo día...

La Luna... Era un sentimiento de amor-odio el que profesaba a ese satélite. Podía quedarse horas observándola de noche, en la oscuridad de los bosques, cuando aún estaba en sus fases creciente o menguante. Ejercía un influjo completamente hipnotizador sobre ella. Incluso la añoraba cuando estaba aparentemente ausente. Sin embargo, esa misma Luna que la enamoraba tenía también la capacidad de sacar lo peor de su interior, de remover su sangre como si estuviera dentro de una olla hirviendo, de desparramar su adrenalina a borbotones por todo su cuerpo.
Durante las mañanas de los días cercanos a la luna llena todo resultaba algo más llevadero, pero conforme se acercaba la noche era como si todos los fluidos de su cuerpo entraran en estado de ebullición. Algo por dentro se revolvía y luchaba por salir fuera. De repente se sentía llena de energía, una energía que amenazaba con desbordarse si no era consumida. Y necesitaba quemarla de inmediato.
Eso era relativamente sencillo cuando se encontraba rodeada de hectáreas y hectáreas de bosque y montañas inhabitadas, disponibles para recorrer a su antojo. Era bastante fácil cuando contaba con ríos de abundante agua fría y fuertes corrientes en las que sumergirse y nadar alejada de cualquier rastro de civilización. De sus presas.

¿Pero cómo huir de la pesadilla en la ciudad que nunca duerme, donde saciar ese instinto predador, esas ansias de actividad, de caza, no requería más que salir a la calle a cualquier hora del día y acechar o limitarse a esperar a que la caza llegue?

De camino hacia el ático, Calliope miraba a la gente que andaba junto a ella y sólo podía pensar en una cosa. Tenía ganas de abrirse paso a empujones, sentía deseos de que alguien se enfrentara a ella, que cualquiera le diera una sola razón para liberar ese fuego que le abrasaba las entrañas. Cuando alguien pasó corriendo a su lado tuvo que reprimir las ganas de salir tras él y derribarle contra el suelo. Se obligó a pegar su cuerpo a una pared y cerrar los ojos durante unos instantes mientras se tranquilizaba y recuperaba el control.

- Esto es horrible...- murmuró.

Necesitaba a Christopher a su lado con urgencia. Sólo él lograba calmarla cuando su resistencia amenazaba con derrumbarse. En aquellos momentos, únicamente la sensación de sus robustos brazos aprisionando su cuerpo lograba relajarla. Sólo ese abrazo que se le asimilaba al de un gran oso pardo, el único rival natural que los licántropos podían encontrar en toda Norteamérica, era capaz de contenerla.
En las ocasiones en las que perdía el control, Christopher solía mantenerla contra su pecho, inmovilizándola por completo hasta que todo pasaba y volvía a ser ella misma, o por lo menos, la parte menos violenta de ella. La fuerza del hombre era mucho mayor y por más que luchara por desasirse de sus brazos le resultaba totalmente imposible, así que siempre solía acabar rindiéndose exhausta. Sólo así recuperaba la calma.

Pero ahora él no estaba cerca, así que iba a tener que apelar a su escasa fuerza de voluntad para mantener el control.

Se tomó unos segundos más, apoyada contra el muro de un edificio a medio camino entre el lugar donde se había quedado Christopher y el ático, y cuando se sintió con fuerzas para continuar, siguió caminando.
Había decidido callejear nuevamente para evitar las multitudes de la vía principal, y seguía una calle paralela a la de la 5ª Avenida. Cuando tuvo que retomarla de nuevo para cruzar hacia el edificio del ático, dirigió una rápida mirada hacia Central Park. En la entrada, la muchedumbre ya se había disipado y tampoco veía ni oía coches de policía cerca. Dudaba que hubieran cancelado la búsqueda pero por lo menos ésta parecía haberse trasladado lejos de donde residían, lo cual la tranquilizaba. Con suerte nadie habría visto salir de allí a los lobos.

Cuando llegó al edificio entró en el hall y se dirigió directamente hacia uno de los ascensores, ignorando por completo al vigilante que controlaba el acceso al recinto. Éste se encontraba sentado en una silla situada tras un mostrador sobre el que se extendían cuatro pantallas. A través de ellas y gracias a las cámaras, controlaba los pasillos del edificio, el ático y el parking subterráneo.
El hombre se encontraba leyendo el periódico cuando Calliope cruzó la puerta, pero levantó la mirada al verla entrar y no la apartó de ella. La mujer notó los ojos del vigilante fijos en su nuca, pero le ignoró para no darle pie a entablar ningún dialogo. ¿Habría visto algo? Esperaba que no pero si no decía nada no tendría forma de saberlo.

De reojo, pudo ver cómo el hombre se levantaba. Sabía que su mirada seguía fija en ella así que cuando las puertas del ascensor se abrieron, se precipitó hacia el interior y apretó el botón de su piso repetidamente mientras suplicaba en un susurro que la puerta se cerrara antes de que el hombre llegara hasta allí. Afortunadamente, las puertas se cerraron a tiempo y al poco Callie se encontró caminando por el pasillo de su piso.
Enseguida localizó la cámara que vigilaba esa zona. Decidió ignorarla para no levantar más sospechas en caso de que aquel hombre ya hubiera visto algo, y caminó con normalidad hasta la puerta del ático, esperando encontrársela hecha trizas... Sin embargo, no fue así.

La puerta parecía encontrarse en perfectas condiciones, y cuando introdujo la tarjeta en la cerradura automática y entró en el piso comprobó que por el otro lado el aspecto de la puerta sólo era un poco peor. Por la parte interior estaba llena de arañazos de las garras de los amaroq, tal y como había supuesto, pero exceptuando eso, la entrada tenía un aspecto aceptable. Ni la cerradura estaba rota, ni la puerta presentaba serios daños. No parecía que los animales hubieran salido por ahí.
Entró para comprobar el estado del resto de la casa, pero a parte de un par de sillas volcadas, todo se encontraba como lo habían dejado al salir. Se acercó a examinar los cristales de las ventanas pero éstos tampoco habían sufrido daño alguno.
No había ninguna otra manera de salir de aquel piso a parte de la puerta, y sin romperla, la única forma de cruzarla era abriéndola desde dentro o fuera con la tarjeta electrónica.
Era consciente de la extrema inteligencia de los amaroq, pero aún habiendo tenido la tarjeta en su poder, algo totalmente imposible ya que sólo había dos copias y las tenían Christopher y ella, estaba segura de que los animales no habrían sido capaces de usarla para abrir la cerradura.

Calliope llegó a dos conclusiones: o bien se habían dejado la puerta abierta, o bien alguien la había abierto desde fuera.
Lo primero, aunque poco probable, podría haber pasado si no fuera porque la puerta se abría hacia el interior y si hubiera estado abierta, los mismos amaroq la habrían cerrado accidentalmente al golpearla para intentar salir.
Por lo tanto, sólo quedaba una opción: alguien tenía que haber abierto la puerta y haberles dejado salir.
¿Pero quién y por qué?

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Capítulo tercero (Parte IX)

>> miércoles 14 de octubre de 2009

Los policías no les retuvieron durante mucho tiempo.
Una de las cosas que Calliope más admiraba de Christopher era su dialéctica. Estaba convencida de que si hubiera sido la encargada de dialogar con los agentes, en aquellos momentos tanto ella como su compañero estarían en una celda de la comisaría más cercana. Sin embargo, gracias a él- una vez más- la charla con los dos policías no les había llevado más de unos minutos, y tras ella habían podido ir a reunirse con los amaroq.

En el camino hacia Harlem tuvieron que callejear un poco, ya que varios coches de policía seguían patrullando la zona en busca de los lobos "fugados", pero pronto estuvieron junto a los animales nuevamente.
Calliope se arrodilló y abrazó con fuerza a su amaroq, que yacía aún en el suelo medio aturdido. Christopher le había informado de lo del dardo sedante para que no se preocupara al verlo así. Pese a todo, el lobo le devolvió el gesto lamiendo su cara con insistencia repetidas veces.

- Cómo te he echado de menos... Parece que hubieran pasado siglos desde esta mañana- le susurró al animal- Estaba tan preocupada...- pegó la mejilla al cuello del lobo hundiéndola entre su pelo con los ojos cerrados, mientras mantenía sus brazos alrededor de él.

El amaroq de Christopher, por su parte, le recibió golpeándole la mano con el hocico para que le acariciara. Cuando lo hizo se levantó sobre las patas traseras y alcanzó a lamer su mejilla. El hombre sonrió.

- Sí... yo a ti también te he echado de menos. Has hecho un buen trabajo- le felicitó rascándole tras las orejas.

Calliope les miró mientras peinaba el pelo de su amaroq con los dedos.

- ¿Qué vamos a hacer ahora?- le preguntó.

Christopher empujó al animal suavemente para obligarle a bajar al suelo y se sentó frente a ella con la espalda apoyada contra la pared.

- Las patrullas les buscan. Estarán recorriendo la zona durante todo el día intentando dar con ellos, así que no podemos regresar al ático.

- Bueno, esperaremos a mañana...

- Mañana tampoco, Callie. Cuando llegamos tuvimos suerte, era de madrugada y pudimos aprovechar la oscuridad y la relativa soledad de las calles para introducirlos en el edificio, pero ahora que media ciudad les ha visto en directo y la otra media los verá en las noticias, no podemos arriesgarnos a volver allí. No sólo les reconocerían si no que los relacionarían con nosotros.

- ¿Y qué propones? ¿Que nos quedemos encerrados en este agujero hasta que volvamos a Alaska?- pasó el dedo por encima de una de las cajas que se apilaban junto a ella y éste abrió un camino entre el polvo acumulado- Esto es un antro, puedo aceptar tener que quedarme unas horas pero me niego a pasar la noche aquí.

Christopher respiró hondo, lo único que deseaba en esos momentos era tumbarse y descansar un rato, donde fuera. La transmigración suponía un gran esfuerzo, mayor cuanto más tiempo se practicaba. No tenía ni fuerzas ni ganas de discutir de nuevo con ella. Si le obligaba a hacerlo no iba a ser nada agradable para ninguno, especialmente para la mujer.

- Calliope Conway, puedes pasar el día y la noche donde quieras: en este "antro", fuera, en mitad del puente de Brooklyn... Donde te apetezca. Yo voy a quedarme aquí. No me atrevo a dejar a los amaroq solos de nuevo- respondió en un tono suave pero tajante.

Aquella respuesta, totalmente inesperada para ella, la desconcertó y enmudeció. Se esperaba que le reprochara algo, que discutiera, que le ofreciera otra alternativa mejor... pero no que la ignorara así.

- Necesito descansar un poco...- añadió el hombre, también sorprendido por la falta de réplica de Calliope- Si quieres, ve al ático y asegúrate de que todo esté bien. Si lograron salir por la fuerza la puerta debe estar destrozada. Ve y averigua si es así y si alguien los vio salir, luego recoge lo que podamos necesitar para el resto del día y esta noche. Ya veremos qué hacemos mañana. ¿De acuerdo?

Ella asintió y Christopher cruzó los brazos sobre su pecho y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la pared mientras cerraba los ojos.
Calliope suspiró y se sentó a su lado. Sabía que transmigrar agotaba porque ella misma lo había comprobado varias veces, pero notaba que había algo más. Podía sentir que su compañero estaba preocupado, demasiado preocupado, y sabía que las cosas debían ir extremadamente mal para que algo pudiera afectarle tanto.

- ¿Tan mal fue la Sesión del Consejo...?- le preguntó suavemente, casi en un susurro.

- Habría podido ir peor, pero Harris lo tenía todo bien perfilado para ganarse los votos. Fue una encerrona. Logré sortearla pero no va a rendirse y menos aún tras lo que acaba de ocurrir en Central Park...- suspiró negando levemente con la cabeza- Me temo que le hemos puesto en bandeja la victoria, nena...

Calliope no conocía al Coronel Harris en persona, pero le había visto en fotos y Christopher le había hablado tanto de él que compartía su mismo odio. Podría decirse que era uno de los nombres que encabezaba su lista negra.

- Y por si fuera poco, nos han invitado a una fiesta pasado mañana por la noche. No podemos faltar- continuó.

La mujer enarcó las cejas sorprendida.

- ¡¿La noche del plenilunio?!

Christopher asintió.

- Pero no puedo... Sabes que no puedo...

El hombre abrió los ojos y los fijó en los suyos.

- Podrás. Lo lograremos ¿De acuerdo? Estaré contigo en todo momento. No dejaré que pase lo de la última vez. Conseguirás controlarlo.- la cogió de la mano apretándosela con firmeza.- Sé que puedes hacerlo. Siempre y cuando quieras, podrás.

Calliope asintió pero no estaba nada segura. En realidad, estaba convencida de que no lo conseguiría. Y esa vez no sería como la última, no habría cuerdas que la retuvieran ni muros que la separaran del resto del mundo. Estaría entre ellos, los humanos...

Eso no iba a ser ninguna fiesta, iba a ser una carnicería. Pensó.

- Voy a lo del ático antes de que se haga más tarde...

Christopher le mantuvo la mirada unos instantes, luchando por ignorar lo que había percibido en su rostro, aquella confirmación de que aceptando acudir a aquella fiesta les había condenado a ambos y por extensión al resto de su raza. Pero finalmente asintió.

- Ten cuidado...

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Capítulo tercero (Parte VIII)

>> sábado 3 de octubre de 2009

No pudo llegar muy lejos. O por lo menos, no tan lejos como habría querido.

Aunque cargaba sobre sus hombros el peso muerto de un hombre adulto de gran envergadura, Calliope había sido capaz de recorrer varias calles en un corto espacio de tiempo. Caminaba con cierto esfuerzo, pero no más del que a una mujer normal le habría supuesto cargar con una bolsa gigante de pienso para perros.

Consciente de que no podía regresar al ático porque tendría que atravesar la transitada 5ª Avenida y tampoco sabía si los amaroq habrían causado algún... "desperfecto" en su huída del edificio, decidió, al igual que Christopher, dirigirse hacia la zona norte de Manhattan, lejos del centro.

Caminó ignorando las miradas de los ocasionales peatones que se cruzaban por su camino. Con cada paso fue ganando seguridad y aumentando la velocidad para llegar cuanto antes a una zona más desierta y tranquila donde esperar a que Christopher transmigrara de vuelta.
En el fondo, ella misma estaba sorprendida de no haberse metido en líos en el tiempo que llevaba sola y a cargo de su cuerpo. Por lo general, los problemas la alcanzaban cuatro veces de cada cinco que salía de casa, y de esas cuatro veces, tres solía ser por su culpa.

Precisamente por ese motivo, cuando oyó a sus espaldas una voz que pedía a alguien que se detuviera, no tuvo ninguna duda de que era a ella a quien se dirigía.
Resopló y se detuvo, para luego girarse lentamente y enfrentar su mirada a la de un par de agentes de policía. Tras ellos, varios metros por detrás, reconoció la figura del hombre que, minutos antes, la había amenazado con llamar a la policía.

"Si ya sabía yo que tenía que haberle partido el cuello a ese puto cabrón..." pensó.

Los dos hombres se acercaron.

- Disculpe. Nos han informado de que está con un hombre que necesita atención médica. ¿Podemos ayudarla?

- No

Los agentes se intercambiaron una mirada mientras Calliope agarraba el cuerpo de Christopher con más fuerza. Si la cosa se ponía mal saldría corriendo. No podrían dispararle por la espalda porque le darían a él.

- ¿Nos deja comprobar el estado de su amigo?- Uno de los hombres la rodeó para observar el cuerpo de Christopher más de cerca, pero ella retrocedió.

- Él está bien, sólo se ha desmayado... por el calor... Le llevo a casa.

- ¿Dónde viven? Les acercaremos...

- No es necesario- Calliope retrocedió y aquello sólo consiguió aumentar el recelo de los policías.

- Lo siento pero tenemos que pedirle que deje el cuerpo en el suelo y nos dé su nombre y su dirección.

- ¿Qué? ¿Por qué? Si no he hecho nada...

- Negación de auxilio.

- ¡Pero que os digo que no necesita ayuda!- gritó exasperada mientras retrocedía un par de pasos más.

- ¡No se mueva, por favor! Deje el cuerpo en el suelo- repitió uno de los hombres en un tono más serio.

Calliope notó el nerviosismo de los agentes y eso le dio cierta confianza pero también la puso sobre aviso. No le convenía enfrentarse a dos personas armadas y con el poder suficiente para encerrarla.
Con cuidado, dejó el cuerpo de Christopher en el suelo y permitió que uno de los hombres se acercara a examinarle. Éste comprobó su respiración pero al no notarla buscó su pulso rápidamente y con manos temblorosas, primero en la muñeca y luego, al no localizarlo en ésta, en el cuello.

- No respira y no tiene pulso- le dijo a su compañero alarmado.

Calliope se apresuró a rebatir la afirmación, asegurándoles que sí que respiraba y que tenía pulso pero ninguno de los dos quiso escucharla.
Mientras uno de ellos llamaba una ambulancia, el otro le ordenó que pusiera las manos contra la pared.

- ¿Qué? ¿Vais a arrestarme por llevar a un amigo a casa?

- No tiene pulso ni respira. Por lo que a nosotros respecta, y mientras un médico no diga lo contrario, lo que llevaba a casa era un cadáver. ¡Dese la vuelta y las manos contra la pared!

Calliope rió.

- Eso es absurdo. ¿Para qué narices iba a querer llevarme a casa un muerto?- replicó poniendo las manos en jarras.

- ¡Mantenga las manos en alto y dese la vuelta!

- ¿En qué quedamos? ¿Las pongo en alto o contra la pared?

El hombre la empujó contra la pared, obligándola a unir las manos a su espalda, y mientras se las sujetaba con una, cogió unas esposas con la otra.
Calliope casi pudo oler y paladear el miedo que ambos desprendían. Deshacerse de ellos no habría supuesto ningún problema para ella. Podía haber evitado que la esposaran y también haberles desarmado en cuestión de minutos, pero una vez más lo que la detuvo fue pensar en las repercusiones que sus acciones tendrían. Una cosa era deshacerse de un humano corriente, anónimo. Pero la policía, el ejército, los altos cargos... eso era otra cosa. Demasiado poder. Su fuerza física y todas sus habilidades sobrehumanas no podían hacer frente a aquello.

- ¡Os equivocáis conmigo! Os juro que no le he hecho nada a ese hombre. Estamos juntos, joder. ¡Nunca le haría daño!

- Bien, entonces no tienes de qué preocuparte. Déjanos hacer nuestro trabajo- El hombre cerró las esposas alrededor de las muñecas de la mujer y llamó a su compañero- Busca en la cazadora del hombre a ver si averiguamos quien es...

- Teniente Christopher Szilágyi- respondió una voz desconocida para él pero totalmente familiar para Calliope. La mujer respiró aliviada al oírla.

- ¿Qué...?- el policía miró a su compañero y siguió la mirada de éste hasta el lugar del que procedía la voz.- ¿Pero qué coño...?- instintivamente miró hacia el suelo, donde había estado el cuerpo hasta aquel momento, y confirmó que ya no seguía allí sino de pie a su lado.

Y sin duda respiraba y tenía pulso.

- ¿Pueden explicarme por qué tienen a la chica esposada?- preguntó Christopher.

- Yo... nosotros... Bueno... creíamos que... Bueno, no respiraba y pensamos que... Ya sabe- intentó excusarse uno de los policías.

El otro, sin embargo, le miró con cierto escepticismo sin apartar las manos de Calliope.

- Estaba inconsciente y ella se negaba a llevarle a un hospital. Sólo hacíamos nuestro trabajo, señor.

Christopher asintió.

- Lo entiendo y se lo agradezco. Pero puesto que ya han comprobado que estoy bien, le agradecería que le quitara eso de las muñecas inmediatamente.

Los dos hombres se mantuvieron la mirada durante unos instantes pero finalmente el policía cedió y le quitó las esposas. Calliope se frotó las muñecas y fue junto a Christopher, le cogió de la mano y se situó a su lado pero un paso por detrás, dejándole entre el policía y ella.

- Aún así... Yo le agradecería que esperaran unos minutos y nos dieran sus datos- pidió uno de los agentes mirando de reojo a Callie. Ésta, haciendo un colosal esfuerzo, se mordió la lengua y dejó hablar a su compañero.

- Como no... Pregunten lo que quieran.

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Capítulo tercero (Parte VII)

>> martes 22 de septiembre de 2009

El dardo que había alcanzado al amaroq de Callie tenía el contenido suficiente para dejar fuera de combate a un animal de tamaño mediano, como un perro labrador o un lobo no muy grande. Pero no bastaba para dormir o inmovilizar a un amaroq, y Christopher lo sabía. Por esa razón cuando el proyectil llegó al lomo del animal simplemente se lo tomó como un aviso, un aviso que le advertía de la necesidad de desaparecer antes de que un segundo dardo volviera a darle.

Aprovechando el nerviosismo del policía a caballo, quien miraba al animal sorprendido porque seguía moviéndose como si no le hubiera disparado, Christopher golpeó suave pero firmemente el lomo del amaroq y, una vez atraída su atención, ambos corrieron tan rápido como les fue posible en dirección al extremo norte del parque, directamente hacia la zona de Harlem.

Christopher no conocía a fondo la isla de Manhattan pero lo que sí sabía era que, erradicada la posibilidad de quedarse en Central Park, lo peor que podían hacer era permanecer en los alrededores, en pleno centro, rodeados de los museos y con la concurrida 5ª Avenida al lado.

Puesto que abandonar la isla no era una opción, lo más adecuado sería ir a zonas menos transitadas donde fueran capaces de esconderse con más facilidad.
El hombre llegó a la conclusión de que las únicas alternativas eran Chinatown, al sur o Harlem, al norte. La primera se encontraba justo en el lado contrario de Manhattan, demasiado lejos como para llegar sin ser vistos por nadie, y a una distancia que al amaroq de Callie, levemente aturdido por los efectos del dardo, le costaría abarcar. Por lo tanto el barrio de Harlem, cuyo inicio se extendía a unos metros de ellos, era la opción más segura y rápida.
Christopher se dirigió hacia allí sin perder un instante y el otro amaroq le siguió corriendo a un metro escaso de él. El sedante que se extendía por su sangre no le había detenido pero, tal y como Christopher pensaba, sí había mermado sus fuerzas y su resistencia. Tenían que encontrar un escondite pronto.

Una vez fuera de Central Park callejearon eligiendo las zonas más solitarias y de menor tamaño, lejos de los vehículos y los peatones, para lograr despistar a la policía. Por el momento no había señales de los coches, aunque se podían oír las sirenas no muy lejos. El policía a caballo, por su parte, había tenido que reducir la velocidad para esquivar los coches y transeúntes, procurándoles varios preciados minutos de ventaja que no podían desaprovechar.

Siguieron corriendo alejándose lo máximo posible del centro y las vías principales y Christopher buscó un lugar seguro donde esperar hasta que anocheciera. Si lograban mantener a los animales ocultos hasta entonces podrían intentar llevarles de vuelta al ático o encontrar otro sitio donde esconderles hasta que regresaran a Alaska.
El hombre estaba seguro de que aquello iba a tener repercusiones, y no en el buen sentido, por lo que cuanto antes pudieran emprender el camino a casa, a la seguridad de los bosques del norte, mejor.

El licántropo disminuyó la velocidad y comenzó a recorrer algunos callejones buscando un lugar lo más abandonado posible.
Pensaba que, en realidad, lo más seguro sería esconderse en algún edificio o local habitado- siempre y cuando nadie les viera- porque si los policías usaban la lógica ésta les llevaría a pensar que dos animales asustados huirían buscando sitios desiertos. Pero tuvo en cuenta que cuando diera con un escondite tendría que transmigrar de vuelta a su cuerpo humano, y en el período de tiempo que él y Callie tardaran en llegar junto a los amaroq estos se encontrarían solos y libres de ir donde quisieran y hacer lo que fuera. Por lo tanto, era mejor que estuvieran en un sitio alejado de la gente o mejor incluso: encerrados.

Llegaron a un callejón sin salida situado entre dos viejos edificios y delimitado por una cerca de metal a un lado y una pared de cemento al otro. Christopher comprobó que al otro lado de la cerca, en la pared del edificio de la izquierda, había una puerta que cerraba sólo parcialmente ya que la madera que la formaba estaba rota. Si lograban atravesarla, aquel podía ser el lugar perfecto para dejar a los amaroq.
Buscó la forma de llegar hasta el otro lado y la encontró subiendo sobre unos contenedores y saltando directamente desde arriba hasta el suelo. El otro animal le imitó con movimientos notablemente más torpes. Ya tras la cerca y después de comprobar que no se oía nada en el interior, Christopher logró abrir la puerta con un par de fuertes empujones.

Entraron en lo que parecía ser un almacén abandonado. Un gran número de cajas de cartón vacías y apiladas se extendían a lo largo de parte de las cuatro paredes que cerraban la habitación. Todas estaban cubiertas de una espesa capa de polvo, al igual que el suelo; y eso, junto al olor a cerrado, le dio al hombre una idea del tiempo que hacía que nadie entraba allí. Fue la confirmación que le garantizó la seguridad de aquel sitio.

Antes de dejar el cuerpo del animal empujó con fuerza la puerta de madera contra el marco de la misma, comprobando que quedaba bien encajada para que no pudiera ser abierta con facilidad desde fuera, ni los amaroq la abrieran desde dentro.
Mientras tanto, el amaroq de Callie se dejó caer en un rincón del suelo, cansado y aturdido por el efecto del dardo.

Una vez se hubo asegurado que la puerta estaba bien bloqueada reparó en el animal y pensó que era el mejor momento para transmigrar de vuelta a su cuerpo. Su amaroq no intentaría salir de allí si el de Callie permanecía calmado y no se movía, y Christopher estaba preocupado por lo que pudiera estar pasando con la mujer y su propio cuerpo. No es que no confiara en su capacidad para hacerse cargo de él pero... había muchos "agentes externos" que podían meterla en apuros.

Así pues fue junto al otro animal y, tras tumbarse en el suelo, transmigró de vuelta a su cuerpo humano.

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Capítulo tercero (Parte VI)

>> miércoles 16 de septiembre de 2009

Mientras tanto, fuera del parque, Calliope esperaba a que Christopher transmigrara de vuelta a su cuerpo.
Sentada junto al cuerpo inerte de su compañero, taconeaba con uno de los pies con impaciencia, poniéndose cada vez más y más nerviosa conforme veía que pasaban los minutos y él no regresaba. ¿Qué estaría pasando? ¿Le habría capturado la policía junto a su amaroq? ¿Habrían logrado escapar y esconderse? Si estuvieran a salvo, Christopher ya habría regresado. El hecho de que no fuera así implicaba que algo no iba bien.


Miró a su alrededor preguntándose qué podía hacer, buscando la manera de ayudar. Suponía que si les cogían, Christopher regresaría a su cuerpo. ¿Pero y si le disparaban, quedaba inconsciente y no podía hacerlo? No podría localizarle entonces.

Se levantó y se alejó subiendo por la acera en dirección al parque, volviéndose para mirar el cuerpo de su compañero cada pocos pasos, hasta que llegó a la calle principal. Una vez allí dirigió la mirada hacia los árboles, intentando distinguir cualquier cosa que le indicara que la persecución no había acabado, pero no pudo ver nada. El parque era demasiado grande y podían encontrarse en cualquier parte, así que no sabía qué hacer.
Se giró de nuevo para comprobar que el cuerpo del hombre seguía allí, sentado en aquel portal, y al ver que así era cruzó la calle apresuradamente y se acercó a uno de los árboles que limitaba con ésta.

Apoyándose contra él, de cara al parque, cerró los ojos y se concentró como Christopher le había enseñado. Primero se fijó en los sonidos que tenía más cerca: los coches, las pisadas de los transeúntes y sus voces, las bicicletas... Una vez identificados los anuló al dejar de prestarles atención y al asimilarlos como si formaran parte de ella, como el sonido de su respiración. Acto seguido continuó con el resto de sonidos según su proximidad, desde el aleteo y trinar de los pájaros cercanos, a las pisadas de las ardillas sobre las ramas secas o el roce de las hojas agitadas en las copas de los árboles; y fue viajando a través del parque mediante el sentido del oído, siguiendo el mismo método de identificación, asimilación y descarte, hasta que dio alcance a las voces de los policías, identificándoles por sus comentarios.

- ...han debido cambiar de dirección, pensaba que Sutherland iba detrás, me adelanté para interceptar a los animales al otro lado y luego...

Calliope, manteniendo los ojos cerrados, continuó el rastreo como quien busca la emisora correcta entre las interferencias de la radio. No tardó en dar con otras voces.

- ¡Me cago en la puta! ¡¿Dónde coño estáis?! ¡He alcanzado a uno de ellos!

La mujer abrió los ojos inmediatamente al escuchar eso, sintiendo como si dos manos invisibles le apretaran el corazón. ¿A quién habían alcanzado?
Volvió a cerrar los ojos en cuestión de segundos, maldiciéndose por haber interrumpido aquello antes de ser capaz de obtener alguna información más detallada- como la situación en la que se encontraba Christopher y su amaroq y el lugar. Pero ahora era inútil, estaba demasiado nerviosa y preocupada como para concentrarse, y tuvo que desistir.

Furiosa consigo misma, golpeó el tronco del árbol con la mano, abriéndose la piel con pequeños cortes que empezaron a sangrar al instante. Ignorando las magulladuras se limpió la mano en la parte trasera de la falda y caminó de vuelta hacia el cuerpo de Christopher. ¿Por qué coño tenía que haberla dejado ahí? Se sentía inútil y odiaba eso.

Con decisión, cruzó la calle una vez más para regresar junto a su compañero, dispuesta a cargar su cuerpo sobre sus hombros y llevarlo hasta el ático, sin importarle lo que pensara la gente al verla ni las preguntas que se hicieran. Pero cuando levantó la mirada comprobó que el cuerpo ya no estaba solo y que ahora, junto a él, había una mujer y un hombre. La mujer parecía buscarle el pulso y el hombre, mientras tanto, estaba sacando un móvil del bolsillo del pantalón sin apartar la mirada de Christopher.

- ¡Venga, sí! ¡Es lo que me faltaba! ¡Dos jodidos metomentodo!- murmuró Callie exasperada mientras aceleraba el paso hacia allí.- ¡Eh! ¿Qué hacéis?- les preguntó pasando la mirada de uno a otro.

La mujer la miró pero no se apartó del cuerpo de Christopher.

- ¿Le conoces?- preguntó a Callie.

- Claro que le conozco, estoy con él.

- Necesita que le vea un médico...

- No necesita nada.

El hombre habló por el móvil mientras.

- Sí, por favor, envíen una ambulancia a la esquina de...

Calliope se abalanzó contra él y con un rápido movimiento le quitó el móvil y lo lanzó por el aire a varios metros de distancia.

- ¡Eh! ¡¿Pero a ti qué te pasa?!- protestó el hombre apartándola de un empujón.

Callie hizo un considerable esfuerzo por mantener la calma y respiró hondo antes de responder.

- He dicho que NO necesita nada.

- Pero este hombre tiene el pulso muy débil, apenas se le nota...- argumentó la mujer preocupada.

- Eso no es asunto tuyo.

- Voy a buscar un policía...- dijo el hombre mientras se alejaba hacia la calle principal.

Callie sintió el impulso de lanzarse contra él y partirle el cuello, pero recapacitó y, yendo contra su instinto, se obligó a no hacerlo. Acabar con aquel imbécil a punto de meterla en un lío la reconfortaría durante unos instantes, pero después sus problemas habrían duplicado su tamaño.

No... Lo mejor sería dejarlo estar y desaparecer de allí lo antes posible.

Así pues, permitió que el hombre se alejara y ella se dirigió hacia la mujer, que intentaba en vano despertar a Christopher.

- ¡Apártate de él!- le gritó mientras la empujaba hacia un lado. Acto seguido e ignorando las protestas de la chica, pegó su espalda al pecho de Christopher, cogió sus brazos y tiró de ellos haciendo descansar su cuerpo sobre su propia espalda. Luego se incorporó con cierto esfuerzo pero finalmente logró levantarle sin problemas sobre ella.

La mujer se incorporó y la miró sorprendida, preguntándose cómo era posible que pudiera cargar con aquel hombre.

- Tienes que...

- ...llevarle a un hospital, sí, ya te he oído antes- la interrumpió Callie- Y vosotros tenéis que aprender a no meter las narices donde no os llaman.- dijo mirándola con odio- Ahora hazte un favor: corre a por ese tío y hablad sobre lo loca que estoy, maldiciéndome de camino a donde quiera que fuerais.

Sin esperar a escuchar su respuesta, Calliope se alejó de ella tan rápido como pudo, en dirección contraria a la que había tomado el otro hombre. Tenía que alejarse de allí tanto como pudiera antes de que la policía la encontrara. Con suerte Christopher transmigraría de vuelta a su cuerpo antes de que eso ocurriera.

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Capítulo tercero (Parte V)

>> sábado 12 de septiembre de 2009

Christopher reparó en que estaban rodeándoles. Mientras algunos de los hombres esperaban frente a ellos, otros habían decidido acercarse por detrás con una red.
Dirigió la mirada hacia éstos últimos pero simplemente redujeron el paso hasta casi detenerse, intentando, en balde, ocultar sus intenciones.
Echó un rápido vistazo a su alrededor, comprobando la distribución de los hombres y las armas, y localizando las posibles vías de escape para encontrar aquella que conllevara un riesgo menor. Los dos policías a caballo se encontraban unos metros por delante de ellos, uno en cada extremo. Entremedias, tres funcionarios del parque y tres policías a pie les apuntaban con armas. En total llevaban cinco, ya que uno de los jinetes había perdido la suya y dos de los funcionarios iban desarmados. La mayoría eran pistolas de dardos pero estaba seguro de que por lo menos una de las de los policías era de fuego. No podía dejar que ninguna les diera, pero "esa" debía tenerla vigilada con especial atención.
A sus espaldas había otras cinco personas sujetando la red, intentando acorralarles para impedir que huyeran.

El amaroq de Christopher emitió algo parecido a un suspiro: demasiados frentes para vigilar. Y no sólo tenía que mantenerse a él mismo alejado de la trayectoria de los dardos, si no también al amaroq de Callie, quien contaba con su instinto pero no podía razonar como un ser humano.

Necesitaba tiempo para pensar pero no disponía de él. Los hombres se impacientaban y no tardarían en dispararles. Había que alejarse de allí lo antes posible.
Sin esperar un instante más se dirigió hacia uno de los caballos y corrió alrededor de él haciendo que se encabritara de nuevo.
Con los gritos de los policías y los relinchos por banda sonora, Christopher se dirigió hacia el otro caballo y repitió la misma operación sin perder de vista a los hombres. Éstos, cada vez más nerviosos, pensaron en abrir fuego, pero no podían arriesgarse a dar al blanco equivocado, así que tras un par de intentos fallidos bajaron las armas y buscaron otra solución. Christopher aprovechó ese momento para echar a correr hacia los árboles seguido del amaroq de Callie.

- ¡Que se escapan joder!- exclamó uno de los policías mientras cogía el walkie y pedía refuerzos. El parque era demasiado grande y los animales se desplazaban mucho más rápido que ellos.

Mientras tanto, los demás salieron corriendo tras los lobos y segundos después los dos policías a caballo se situaron a escasos metros de ellos.
Christopher miró hacia atrás y al verles giró y se dirigió rápidamente hacia las zonas ocupadas por la mayor cantidad de árboles. El amaroq de Callie imitaba todos sus movimientos.
Los policías siguieron tras ellos pero pronto tuvieron que reducir la velocidad para esquivar los árboles o saltar los arbustos que se interponían en su camino, por lo que los animales fueron aumentando la distancia que les separaba.

- ¡Parece que sepan que por aquí lo tenemos más jodido!- gritó uno de los policías a su compañero. Éste asintió.

- ¡Voy a volver y me adelantaré por el camino principal, estaré esperándoles cuando lleguen al otro lado!- le dijo en respuesta.

Acto seguido salió de la zona arbolada para ganarles terreno.

Pero Christopher cambió de planes al oírle y varió la ruta, dirigiéndose ahora hacia la zona más transitada de aquel lado del parque. Si no podían esconderse de los policías tendría que buscarse aliados, y los mejores, aunque sin saberlo, eran los propios transeúntes. Nadie se atrevería a abrir fuego si existía el riesgo de alcanzar a gente inocente. Irónicamente, su seguridad aumentaría al crecer el número de personas a su alrededor, y qué mejor lugar para rodearse de multitudes que el pulmón de la Gran Manzana en una mañana soleada como aquella.
El principal inconveniente de ese plan era que así se expondrían por completo a las vistas de todos, pero de lo contrario se arriesgaban a ser atrapados, y en ese caso escapar sería doblemente difícil.
Tras modificar el rumbo una vez más, corrió tan rápido como las patas del amaroq le permitieron y segundos después ambos lobos se encontraron de vuelta en uno de los caminos asfaltados del parque, a escasos metros de un recinto infantil.

Christopher disminuyó la velocidad y por un momento pareció indeciso mientras observaba a los niños que jugaban correteando de un lado a otro sin advertir su presencia. Había contado con encontrar gente y poder emplear aquello para protegerse, pero no había previsto la posibilidad de que la mayor parte de esa multitud estuviera formada por niños pequeños, seres de pequeña estatura y movimientos torpes que a ojos de un animal salvaje, como el amaroq de Callie, aparecían como la presa perfecta.

No, no había sido ni de lejos una buena idea.

Retrocedió para alejarse de allí antes de que el otro lobo reparara en las criaturas, pero durante el tiempo que había perdido planeando la huída y recapacitando, el jinete que les perseguía había vuelto a alcanzarles, y ahora se encontraba frente a ellos apuntándoles con un arma mientras informaba a los demás de su posición a través del walkie.

En ese preciso instante Christopher supo que no iban a salir de allí sin más. El amaroq de Callie volvía a agitarse nervioso y los "refuerzos" llegarían en cuestión de minutos.

Antes de que el otro lobo se decidiera a arrojarse contra el caballo, Christopher ya tenía claro que les quedaban muy pocas posibilidades de huida.
Justo cuando uno de los dardos impactó sobre el lomo del otro animal, éstas quedaron reducidas a dos: correr en línea recta, en cualquier dirección, sin parar, arrasando con lo que quiera y quienquiera que se cruzara en su camino, hasta que las fuerzas les abandonaran... o rendirse sin más.
Christopher optó por la primera.

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Capítulo tercero (Parte IV)

>> domingo 6 de septiembre de 2009

- Se han escapado y han huido por el parque.

Christopher mantuvo la mirada fija en los árboles mientras le explicaba a Calliope lo ocurrido. Esperaba que nadie hubiera visto salir de su edificio a los lobos o sus problemas se duplicarían.

- ¿Los amaroq?- preguntó la mujer. Su voz reflejaba una mezcla de temor y sorpresa, pero también alivio al saber que, al menos por el momento, los animales estaban bien. - ¿Y qué vamos a hacer?

El hombre la miró con seriedad.

- no vas a hacer nada. Intentaré alejarles de aquí y llevarles a un lugar seguro donde puedan permanecer escondidos hasta que todo se calme. La policía pensará que son lobos del zoo de Central Park. De la versión extraoficial ya se encargará quien tenga que hacerlo, a nadie le interesa que salga a la luz la verdad...

O por lo menos, eso era lo que quería creer. Aunque el Coronel Harris y otros quisieran emplear en su beneficio sucesos como aquel- y estaba absolutamente convencido de que ese, especialmente ese, no iba a ser una excepción- de ahí a publicar abiertamente la existencia de los licántropos...
No, incluso Harris era consciente de lo que supondría dar a conocer eso, el impacto que tendría en la sociedad. Además de que, en ese caso, se arriesgaba a situar a más gente en su contra.


Iba a responder a las réplicas de la mujer, las cuales había ignorado por completo mientras pensaba en aquello, cuando ambos escucharon un par de disparos. El sonido provenía del otro lado del parque, a dos o tres kilómetros de distancia, pero llegó hasta sus oídos con tanta claridad como si el arma estuviera en sus propias manos.

- ¡Tengo que ir ya, Callie!

Segundos antes de que el cuerpo de Christopher se desplomara sobre el suelo, la mujer lo sujetó por debajo de los brazos para evitar la caída. Acto seguido y sin perder un instante, lo llevó hasta una calle transversal menos transitada.
Debido a la hora- justo tras el almuerzo- la mayoría de los peatones estaba más pendiente de no llegar tarde al trabajo que de lo que sucedía a su alrededor; y quienes se habían congregado a la entrada del parque permanecían atentos para no perderse nada de lo que pudiera ocurrir con los supuestos lobos. Así pues, el aparente desmayo de un hombre en mitad de la calle sólo llamó la atención de un par de cabezas que se giraron curiosas para, segundos después, continuar su camino.
Calliope arrastró el cuerpo inerte de Christopher hasta la entrada de un edificio y, con suavidad, lo sentó en el portal dejando su espalda apoyada contra la puerta y su cabeza en una posición natural, como si dormitara. Mientras el hombre no transmigrara de vuelta, no había nada que ella pudiera hacer. No podía dejarle ahí solo porque su cuerpo en aquellos momentos era como el de una persona en coma. Tampoco podía llevarle hasta el ático porque, aunque podía cargar con su peso sin problemas, una mujer trasladando a un hombre inconsciente de más de metro ochenta, sí habría llamado la atención.
Así que se sentó a su lado para poder vigilar la posible entrada o salida de inquilinos y esperó.


Mientras tanto, Christopher había transmigrado al cuerpo de su amaroq y se encontraba viviendo en primera persona la persecución a la que los animales estaban siendo sometidos.

Cuando entró en la mente del lobo tardó unos instantes en hacerse con ella. En condiciones normales dominarlo era sencillo, sobre todo para alguien de su edad, con años y años de práctica. Pero el animal estaba aterrorizado debido el acoso por parte de los funcionarios del parque y los agentes de policía- a pie y a caballo. También confuso por encontrarse en un terreno que le era totalmente desconocido y nervioso debido a la actitud del amaroq de Callie, que se defendía a dentelladas de los ataques de los hombres y no dejaba de correr de un lado a otro intentando huir.

- ¡Disparad a ese, joder! ¡Al más pequeño!- gritó uno de los policías- ¡Acabará saliendo del parque!

Uno de los agentes a caballo apuntó al costado del lobo con una pistola de dardos tranquilizantes, pero Christopher, ya en el cuerpo de su amaroq, se apresuró a lanzarse contra el lomo del cuadrúpedo golpeándole con fuerza y desplazándole medio metro. El animal relinchó asustado mientras se movía para no perder el equilibrio y al advertir la cercanía del predador se elevó sobre los cuartos traseros obligando a su jinete a soltar el arma y sujetarse a la silla.

- ¡¡Maldita sea!! ¡Se suponía que teníais controlado al otro!- gritó furioso.

- ¡Necesitamos más agentes!

- ¡Si quieres llamamos al puto Ejército para controlar a unos perros! ¡Venga ya, joder, sólo son dos!

Christopher, aprovechando la discusión, se dirigió hacia el amaroq de Callie y dejó que el instinto del suyo se hiciera con el control parcialmente sobre su mente humana. Necesitaba doblegar al otro animal y la forma de hacerlo estaba en la mente del lobo, no en la del hombre.
Los agentes se giraron sorprendidos al ver cómo el mayor de los animales hacía frente al otro, arqueando el lomo mientras mostraba los colmillos entre gruñidos de advertencia. El de menor tamaño se agazapó un poco sin apartar los ojos de su compañero y retrocedió unos pasos reclinando las orejas hacia atrás, pero también mostró los colmillos. El amaroq compartía el mismo carácter tozudo de Callie y estaba demasiado nerviosa como para ponérselo fácil a Christopher.
Los policías volvieron a apuntarles entonces, aprovechando para fijar los blancos ahora que los animales estaban quietos, pero de repente el más grande se abalanzó contra el otro y ambos se sumergieron en una frenética pelea, moviéndose tan deprisa que los hombres que les rodeaban sólo alcanzaban a ver, aquí y allá, rápidos destellos del blanco amarillento de los colmillos.

Temerosos de acercarse, los policías decidieron esperar, seguros de que sólo era cuestión de tiempo que uno de los animales cayera, y entonces todo sería más sencillo.

En unos segundos, el amaroq de Christopher, de nuevo bajo su control, logró rodear con la mandíbula el cuello del de Callie y le mantuvo contra el suelo hasta que se hubo calmado.
Sólo cuando notó que su respiración y pulso se refrenaban, se apartó con suavidad dejándole libre de nuevo.

Ahora sólo quedaba deshacerse de los agentes.

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Capítulo tercero (Parte III)

>> lunes 31 de agosto de 2009

Mientras corría calle arriba, agarrada a la mano de Christopher, Calliope tenía la sensación de que el mundo entero se reía de ella.
Odiaba al hombre por haberla dejado en ridículo ante aquellas tres chicas, aunque reír fuera lo último que hubiera pasado por sus mentes tras lo acontecido. Pero en cierto modo se sentía traicionada. ¿Por qué tenía que ponerse siempre del lado de los humanos? ¿Por qué no podía empatizar con ella?
Se preguntó si la razón sería la misma por la cual, de pequeña, ella era siempre quien salía victoriosa de las peleas con su hermana mayor. Aunque hubiera tenido la culpa de algo ocurrido- y la mayor parte de las veces así era- su madre siempre encontraba razones para excusar su comportamiento y hacer responsable a la mayor.
Recordaba a su hermana siguiendo a su madre por toda la casa, repitiéndole una y otra vez que no era justo: "que Callie tenga cinco años no la convierte automáticamente en inocente" argumentaba, "que sea pequeña no es excusa para permitir que se salga siempre con la suya".

Callie no pudo evitar sonreír para sí al recordarlo. Eran muchas las ocasiones en las que se había servido de esa presunción de inocencia. Consciente de que hiciera lo que hiciera la culpable sería su hermana- por "hacerla rabiar", por no tenerla vigilada, por no tener paciencia- y a sabiendas de que hiciera lo que hiciera, su madre siempre se pondría de su parte, la chica se las había arreglado para hacer lo que quería y conseguir lo que deseaba durante toda su vida.

¿Sería ese el motivo por el que Christopher se situaba automáticamente del lado de los humanos en cualquier confrontación? ¿Se debía a que, al igual que su madre a ella, los consideraba más indefensos y carentes de cualquier culpa, incapaces de ser quienes provocaran el problema?
Por primera vez en mucho tiempo comenzó a comprender a su hermana. Empezaba a entender que se enfadara con su madre y lo impotente que debía sentirse al ser incapaz de conseguir que le diera la razón.
Pero estaba convencida de que los humanos no eran seres indefensos. Al igual que ella de pequeña, sabían perfectamente lo que hacían y eran igualmente capaces de causar cualquier daño.

Soltó la mano de Christopher en un pequeño gesto de rebeldía. Iba a tener que recordarle que no era su padre y que no tenía ningún poder sobre ella. Tampoco ningún derecho a tratarla como si fuera una niña. Tendría que respetarla como a un semejante o de lo contrario...

No dejó de correr tras él, al igual que tampoco se atrevió a plantearse el final de ese pensamiento. Si amenazara al hombre con abandonarle sólo se engañaría a sí misma, pues sabía que, en el fondo, era incapaz de vivir sin él.
Además, se arriesgaba a que la amenaza se volviera en su contra y él accediera a dejarla.
No, era mejor no tensar demasiado la cuerda, no se fuera a romper...

Continuó corriendo sin detenerse, bien esquivando a los transeúntes que avanzaban en sentido contrario, bien chocando contra sus brazos cuando el esfuerzo para evitarlos era mayor.
Mientras Christopher se deslizaba entre los viandantes con una agilidad felina, que se contradecía con su apariencia robusta, Calliope arrasaba todo a su paso, dejando tras ella un rastro de gritos, insultos y una extensa variedad de maldiciones.

Conforme avanzaban, a la mujer la inundó una angustia que fue aumentando progresivamente a la vez que sus pasos la acercaban más al ático.
Cuando se encontraron a un par de manzanas de distancia, a ninguno de los dos le cupo la más mínima duda de que sus amaroq estaban en peligro.

Callie se los imaginó encerrados en el ático. Recordó la pared cubierta por los cristales de las ventanas en la sala principal, y por primera vez en mucho tiempo sintió verdadero pánico.
No habría sido la primera vez que el lobo, al sentirse encerrado e incapaz de llegar hasta ella, se hubiera abierto paso a golpes a través de cualquier cosa, fueran paredes, puertas de madera o ventanas...

De repente notó cómo al sentimiento de rabia que todavía latía en su interior se sumaba otro ligeramente menos conocido para ella: el miedo.

La muerte de su amaroq era una de las peores cosas- si no la peor- que podían ocurrirle a un licántropo. Y viceversa. Estaban tan unidos a ellos que eran como una parte de su ser, por lo que la pérdida de uno de los dos suponía prácticamente la muerte en vida del otro. Además, cuando un licántropo perdía a su amaroq también se desvanecían de aquel todas las cualidades sobrenaturales que les caracterizaban, con lo cual, podía decirse que pasaban a ser simples humanos.
Calliope nunca había sentido eso ni conocido a nadie que lo hubiera sufrido en su propia piel. Pero como sabía cuánto le costaba mantenerse alejada del animal, no le era difícil imaginar cómo sería perderlo.
Además, ¿convertirse en humana? Negó con la cabeza, antes muerta que comprobar lo que se sentía siendo "normal".

En cuestión de segundos su cabeza se inundó de imágenes de su amaroq rompiendo los cristales del ático y cayendo al vacío, alternadas con otras del animal yaciendo en el suelo de la calle en mitad de un charco de sangre.
Mientras seguía avanzando tras Christopher, la frustración se apoderó de ella al sentir que sus piernas no eran lo suficientemente rápidas.

- ¡Chris!- llamó su atención con un grito ahogado, en un intento de hacerle participe de sus temores. Buscando, de algún modo, aligerar su peso compartiéndolos con él.

- ¡Ya casi hemos llegado!- respondió el hombre sin mirarla ni reducir la velocidad, consciente de sus miedos porque eran los suyos propios.

Unos minutos después, tras girar una esquina, advirtieron por fin los frondosos árboles de Central Park al final de un callejón.
Corrieron hasta alcanzar una de las calles que se extendían paralelas al inmenso parque, la conocida 5ª Avenida, y una vez allí se dirigieron hacia el extremo sur del mismo, en dirección al ático.

Enseguida identificaron la imagen de la alta construcción que albergaba su piso, pero la emoción y el alivio que les embargó al verla se disiparon ante la visión de un tumulto anormal de gente que se amontonaba a unos metros de allí, entre la entrada del parque y su edificio.

Callie miró a Christopher a los ojos, buscando en ellos un ápice de seguridad que la reconfortara, pero no lo encontró.
El se había detenido y observaba a la multitud incapaz de decidirse a recorrer los escasos metros que les separaban de ésta. Al igual que la mujer, también había estado pensando en la posibilidad de que algo les pasara a los amaroq, y eso le asustaba tanto como a ella.
Cuando ésta entreabrió la boca para hablar, la interrumpió con un gesto de su mano.

- Espérame aquí, Callie- le ordenó, dedicándole una mirada que, en su silencio, le dejó claro que no consentiría ninguna réplica ni que volviera a desobedecerle.

La mujer se limitó a asentir, confusa y preocupada al no saber qué habría pasado pero agobiada al notar que lo que quiera que hubiera sucedido les incumbía.

Christopher avanzó hacia la aglomeración de gente sin perder un segundo más y, ligeramente aliviado al comprobar que no había rastro de los amaroq por ninguna parte, preguntó para informarse de lo ocurrido.
La persona que tenía más cerca, un muchacho de unos 12 o 13 años que sujetaba, pegada a él, una bicicleta, le contestó atolondradamente, con los ojos muy abiertos, como si hubiera estado esperando con ansia que alguien le preguntara.

- ¡Hay dos lobos sueltos en el parque! ¡YO los he visto! ¡Son enoooormes!- explicó, alargando el adjetivo a la vez que separaba los brazos todo lo que podía para describir el tamaño de los animales. Luego se apresuró a coger la bicicleta antes de que cayera al suelo y añadió- ¡Seguro que se han escapado del Zoo!

Christopher le escuchó y dirigió una mirada de preocupación hacia el parque, consciente de la veracidad de sus palabras y lo que eso suponía, pero negándose a aceptarlas.
No reaccionó hasta que avistó a tres miembros de la policía montada cabalgando hacia el interior del parque y un nuevo sonido de sirenas llegó hasta él.

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OFFTOPIC

>> sábado 29 de agosto de 2009

(La entrada de hoy es algo particular, ya que hasta ahora sólo había escrito para publicar partes de la historia- a excepción de los dos dibujos.
Sin embargo, quería escribirla para dar dos noticias: una buena y otra no tan buena...

-La noticia no tan buena es que hoy, como habréis deducido, no publicaré la Parte III de "Lykaon".

La razón es, simplemente, que estoy preparándome los exámenes de Septiembre y no dispongo de tanto tiempo libre como me gustaría porque los tengo casi encima (7 y 8 de Septiembre).

No obstante, intentaré publicar la tercera parte entre mañana domingo y el lunes.

-La buena noticia es que un seguidor de "Lykaon" ha creado un foro para hablar de la obra y lo ha puesto a mi disposición (¡¡muchísimas gracias Trevelyan!!), así que si queréis hablar sobre ella, resolver dudas, enviar sugerencias o simplemente pasar un buen rato charlando sobre licántropos o cualquier otra cosa, podéis visitarlo, registraros y empezar a escribir lo que queráis. ^___^

La dirección es:

http://z6.invisionfree.com/Lykaon/

¡Mañana más!

-Roswell

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Capítulo tercero (Parte II)

>> jueves 27 de agosto de 2009

Mientras caminaba por la calle de vuelta al ático, Calliope rumiaba en su interior las palabras de Vincent.

Había faltado muy muy poco para que perdiera el control por completo y atacara al hombre de forma violenta. Tras caer al suelo después de abalanzarse contra él, cada uno de los objetos que les rodeaban se había convertido en su mente en un arma mortal. Desde las pequeñas piedras esparcidas por el césped hasta las ramas rotas de los árboles. Todo apareció a ojos de la mujer como utensilios para el dolor, a modo de instrumentos de tortura.
Pero entonces se acordó de dónde estaba y de las palabras de Christopher. Volvió a reproducir mentalmente la escena ocurrida la noche anterior y recordó con claridad la decepción y el odio que habían reflejado los ojos del hombre al mirarla tras acabar con aquel chico...
Y no fue capaz de llevar a cabo su plan.

Por esa razón, aunque con gran esfuerzo, se levantó y, sin molestarse en dirigirle ni una mirada o palabra más a Vincent, se alejó de él mientras su risa le acribillaba el orgullo.

Furiosa por lo que para ella suponía una huída, se dirigió con paso decidido hacia la entrada de aquel recinto mientras arrancaba de su camiseta la tarjeta identificativa. Luego, evitando mirar al guardia de seguridad, le lanzó la identificación y atravesó la puerta.

Estaba segura de que a Christopher no iba a gustarle que se hubiera marchado sin él. Pero se autoconvenció de que cuando le explicara las razones lo entendería, y siguió caminando lejos de allí.

Decidió regresar al ático porque necesitaba estar cerca de su amaroq. Sabía que ella -el animal- no lo estaría pasando nada bien. Habría notado su alteración, su rabia, y la habría hecho suya. Le preocupaba lo que pudiera hacer.
Los amaroq tenían el aspecto exterior de un lobo, pero su tamaño era ligeramente mayor y su fuerza era el doble de la de éstos. También eran mucho más inteligentes e infinitamente más letales cuando se enfurecían.
Le tranquilizaba un poco el hecho de que se encontrara con el amaroq de Christopher, porque por lo general, cuando estaban juntos, el de Callie se sometía a él. Pero aún así, cuando las emociones de la mujer eran demasiado intensas, había ocasiones en las que el animal quedaba completamente cegado por ellas y era muy difícil de controlar.

Pensó que, por si acaso, lo mejor sería llegar al ático cuanto antes, pero cuando se preparaba para echar a correr, algo llamó su atención en un local cercano.
Por un segundo le había parecido ver la imagen de un amaroq en un cartel. Cuando dirigió la mirada hacia allí comprobó que sus ojos no le engañaban.
Se trataba del cartel de lo que parecía ser una exposición de fotografía de un tal Ryan Abbott, y bajo el nombre del artista aparecía la inconfundible imagen en blanco y negro de un amaroq mirando al frente y mostrando los dientes en actitud de ataque.
Con total seguridad, los humanos pensarían que se trataba de la imagen de un lobo. Pero ella sabía que no era así, ya que las insignificantes diferencias entre ambos animales eran claras disimilitudes para los licántropos.

Siguió caminando mientras miraba hacia atrás, echando una última ojeada al cartel y preguntándose por la foto, pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando algo chocó contra ella.

Un gritito estridente se le adelantó antes de que tuviera oportunidad de lanzar algún improperio, y al fijar la mirada en el origen del mismo comprobó que provenía de una adolescente totalmente vestida de blanco que caminaba junto a otras dos.

- ¡¿Es que estás ciega o qué?!- le increpó la joven lanzándole una mirada de desprecio.

Callie se mordió la lengua haciendo un considerable esfuerzo por ignorar aquello. Pero la otra no parecía tan dispuesta a dejarlo pasar.

- ¿A parte de ciega eres muda?- continuó.

Las otras dos chicas rieron la ocurrencia de su amiga, dejando escapar un sonido que a Callie se le asemejó al de las hienas.

- Mira, déjame en paz- respondió ella.

- Será idiota...- comentó la chica mientras miraba a sus amigas.

Calliope decidió entonces que ya había refrenado sus impulsos suficientemente por un día.
Ante la sorpresa de la muchacha la levantó del suelo sin ninguna dificultad, sujetándola por la cintura y, mientras se la colocaba sobre el hombro, caminó unos metros hasta un callejón cercano. Allí la arrojó al interior de un contenedor de basura como quien lanza los desperdicios de la cena.


La licántropo sonrió triunfante ante los gritos y rostros de perplejidad de las chicas, pero su sonrisa se esfumó al girarse y reparar en la figura que la observaba desde fuera del callejón.

- Chris... ho- hola Chris.- volvió a esbozar una tímida sonrisa intentando contrarrestar el enfado que se apreciaba en el rostro del hombre. Pero éste no cambió.

Mientras las adolescentes se apresuraban a ayudar a salir del contenedor a su amiga, Callie caminó hacia Christopher a la espera de su reprimenda, sintiéndose como si volviera a tener 10 años.

- Dime que no acabas de meter a una chica en un contenedor de basura...

La mujer guardó silencio bajando la mirada, aunque no pudo reprimir una sonrisa al escuchar los hechos a través de su boca.

- Sí, bueno... ¿Nunca has sentido ese impulso de manchar a alguien que va inmaculadamente vestido de blanco?

Para cuando la mujer se dio cuenta del error de su comentario, ya era demasiado tarde. Con un rápido movimiento Christopher agarró su cuello con una mano e hizo presión sobre su garganta.

- ¡Maldita sea, Callie! ¡¡Esto NO es un jodido juego!!- rugió el hombre mientras la zarandeaba como a una muñeca de trapo.

Ella, asustada, abrió la boca en busca de aire mientras intentaba en vano apartarle rodeando su muñeca con ambas manos. Hacía mucho tiempo que no le veía así.

- ¡¿Es que no te das cuenta de que no dejas de ponernos en peligro?!- la soltó empujándola contra la pared y dio una patada a uno de los contenedores- ¡¡Joder!! ¡No puedo estar siempre corriendo detrás de ti como si fueras una maldita cría!

Callie intentó retener las lágrimas pero ya apenas podía verle. Cuando bajó la mirada y la fijó en el suelo, las mejillas se le humedecieron con ellas.

Christopher resopló y miró a las chicas, quienes en ese momento terminaban de sacar a su compañera de la basura. Cuando acabaron se dirigió a ellas.

- Largaos de aquí- dijo en un tono seco y carente de cualquier emoción.

Las adolescentes no necesitaron que se lo repitiera y se apresuraron a salir del callejón dejando solos a los dos licántropos.

Entre ambos se hizo un momento de silencio únicamente interrumpido por el sonido de los coches, el bullicio de la gente que caminaba por la calle y los débiles sollozos de la mujer, que no había levantado la mirada del suelo.

Él permaneció observándola unos instantes, perdido en sus propios pensamientos, hasta que una sensación común se apoderó de los dos y les hizo dirigir la mirada hacia la calle.

- Algo no va bien... tenemos que regresar- dijo el hombre acercándose a ella. Y tras agarrarla de la mano en un gesto que la sorprendió, tiró de ésta hacia la avenida.

Callie le siguió mientras se enjugaba los ojos con la mano libre y a continuación se le unió cuando Christopher echó a correr en dirección al ático.

Ninguno estaba seguro de lo que ocurría, pero sí podían sentir que tenía que ver con los dos amaroq.

Aquel apuntaba a ser un día muy largo, pensó el hombre.

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